Chorros, chorrillos, rayitas, capuchones, lavaditos, chupitos, pizcas, pelotazos, garrafones, son pautas de dosificación de fármacos muy extendidas en anestesiología, pero actualmente en desuso. Esta hermosa y amable terminología sirvió para florear mi aprendizaje en farmacología clínica, haciéndome ver que la precisión terapéutica no depende tanto del Sistema Internacional de Unidades, como del cuidado y la precisión mecánica, artística y emotiva de la experiencia clínica aplicada al análisis de la relación dosis/efecto. Un mg/Kg/minuto es un ente de razón, carece de existencia real, para ser algo necesita constituirse en el fluir regulado de una solución farmacológica conocida. En cambio, un chorro, o un chorrillo, son entes físicos observables y precisos, que se regulan aplicando el pulgar sobre la ruedecilla del gotero para acelerar el ritmo de su fluir fragmentado, hasta convertirlo en un hilo continuo de grosor variable, o a la inversa. Con esa caricia del pulgar sobre el sistema se ajusta la dosis deseada en el momento adecuado y durante el tiempo requerido. Sin intermediarios. Como el pintor que aplica al lienzo sus notas de color, o el pianista que golpea las teclas del piano. Así se puede producir un hermoso cuadro, una melodía cautivadora o un éxito terapéutico. El conocimiento, la pasión, la sensibilidad y el sentido de la vida están ahí, expresándose con la punta de los dedos.
He dedicado mucho tiempo a enseñar y promover formas de dosificación racionales, seguras y objetivas, expresadas siempre en términos de masa y tiempo, y administradas con herramientas de precisión de alta tecnología, con altos niveles de automatización y controles de seguridad. Ahora, cuando tengo ya un pie sobre el estribo, después de tantos años de profesión, empiezo a entender otras cosas, empiezo a ver que, tal vez, al ganar tanto, también hemos perdido algo. No es lo mismo tocar el saxo que poner un disco de John Coltrane, y aunque sé que siempre sonará mejor esto último, si perdemos el tacto, la música en vivo, tal vez lleguemos a echar algo en falta.
Al final, con o sin alta tecnología, la posología de un medicamento siempre será adverbial: poner lo necesario, en cantidad suficiente y en el momento preciso, y el éxito terapéutico dependerá del conocimiento, la pasión, la sensibilidad y el sentido de la vida.

