En 1943 el psicólogo estadounidense Abraham Maslow publicó su teoría sobre la jerarquía de las necesidades básicas del hombre en su libro: Motivation and personality. Con esta obra inicia su andadura hacia el desarrollo de la psicología humanista, de la que llegaría a ser su máximo exponente. La jerarquización de las necesidades para el desarrollo humano, conocida como pirámide de Maslow (fisiológicas, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización) adquiere de inmediato una gran influencia en la psicología y la sociología modernas, contribuyendo a mejorar el conocimiento de la motivación y los determinantes de la conducta humana en diferentes entornos sociales. Más adelante, Maslow se implica, junto a otros autores, en el desarrollo de la idea de autorrealización de Kurd Goldstein, y propone una serie de metanecesidades para el crecimiento personal y motivacional del individuo.

La aparición del burnout laboral en profesionales de alto nivel, que tienen bien cubiertas las necesidades definidas en la pirámide de Maslow, se relaciona con el fracaso en los aspectos más avanzados de la autorrealización, último peldaño y en una atención insuficiente a las “metanecesidades” para su desarrollo. Es aquí donde surge el conflicto y la pérdida motivacional. La autorrealización se define como un impulso básico: la tendencia a realizarse a sí mismo tanto como sea posible, y se considera la única motivación verdadera; Maslow define un total de catorce “metanecesidades” necesarias para el crecimiento personal sostenido y la motivación. Estas metanecesidades han sido reevaluadas y concretadas por psicólogos de la Universidad de California en cuatro aspectos:  sentido o propósito, necesidad de control, sensación de competencia y conexión.

Mi propuesta, la idea básica de este post es que tanto el conocimiento, como asumir posiciones de liderazgo en proyectos, actuaciones y gestión del cambio en materia de seguridad de pacientes: satisface estos cuatro aspectos, y tiende por tanto a sostener el crecimiento personal y motivacional más allá de lo aportado por las rutinas y tareas del desempeño diario, sirviendo de antídoto para el burnout. Paso a explicarme.

¿Qué profesional de la salud no verá reforzado el sentido y el propósito de su actividad si estudia y asume actuaciones orientadas a mejorar la vida de las personas, evitando sufrimientos innecesarios? A mi este punto me resulta muy evidente. Recuperar, repensar el primum non nocere que desde la antigua Grecia de Hipócrates ilumina nuestra profesión: “Zero preventable harm” proponen ahora los expertos. Evitar el sufrimiento y el daño causado por nuestros errores y mala práctica clínica, ¿acaso no nos da, o añade, un sentido y un propósito claro para ser mejores cada día? Sí. Y quien no pueda verlo así debería dedicarse a otra cosa, hay otros oficios muy interesantes en el mundo.

Formarse y trabajar en seguridad mejorará también nuestra necesidad de sentir que tenemos el control de lo que hacemos, que las cosas no se nos van de las manos. Gran parte de las propuestas en este campo del conocimiento pueden ser desarrolladas por las personas de manera directa e inmediata, sin depender de otros, ni de tecnologías avanzadas, ni de complejos estudios académicos y nos ofrecen, además, un ámbito de influencia para mejorar nuestro entorno relacional.  Hacer el listado de verificación quirúrgica solo requiere de nuestra voluntad de hacerlo, solo eso. Tal vez otros no lo hagan, tal vez otros deberían facilitarlo, tal vez nos critiquen por ello, pero siempre estará en nuestra mano hacerlo o no y si lo hacemos: mejoraremos nuestra sensación de control. Lo mismo podríamos decir de las estrategias para el uso seguro de medicamentos, lavado de manos y uso de guantes, o de las técnicas de comunicación estructurada en la transferencia de pacientes y de tantas otras cosas: solo necesitamos ponernos a ello. Como dice el famoso y motivador eslogan creado por Dan Wieden para una conocida empresa de material deportivo: “Just do it”. El beneficioso efecto para nuestro ánimo será inmediato y también para nuestros pacientes. Esto último puede ser más complicado de documentar, pero eso no debería detenernos, simplemente toma el control: ¡hazlo!

Trabajar con estrategias y técnicas específicamente diseñadas para reducir las complicaciones y la mortalidad de nuestros pacientes en cualquier ámbito asistencial ¿no nos hará sentirnos más competentes?, ¿no nos hará sentirnos mejores profesionales, con mejores capacidades? Naturalmente que sí. Incorporar disciplinas transversales procedentes con frecuencia de otros ámbitos del conocimiento: psicología, sociología, ergonomía, nos resultará original, divertido, es algo que engancha y nos hará sentirnos mejor preparados. Tendremos la seguridad de que en la práctica de nuestras habilidades y conocimientos específicos no nos dejamos nada atrás y podremos obtener mejores resultados. Trabajar en seguridad de paciente, nos da más seguridad mental para nuestra práctica clínica diaria, más seguridad jurídica y mejora nuestra autoestima ¿Quién da más?

Por último, pero no menos importante, abrirnos al ámbito de conocimientos en seguridad y liderazgo, en anestesia, en cirugía, enfermería, o en aquello a que dediquemos nuestra labor, nos llevará a conectar con otros entornos, con otros profesionales, mejorará nuestra capacidad relacional, haciendo amigos, y ganando buenos compañeros de viaje.

Dichas todas estas razones vuelvo a mi tesis inicial: el estudio y el liderazgo en materia de seguridad de paciente nos alejará de la quema. Soy consciente de las dificultades cada vez mayores de la práctica médica, de la sensación de maltrato que a menudo nos invade, del descuido organizacional que nos afecta y de tantos otros fuegos que nos circundan, por eso es necesario revisitar los valores de nuestra profesión y sus fundamentos éticos y a esto nos ayudará trabajar en seguridad de paciente: propósito, control, competencia, conexión. Lo merecemos, y sobre todo lo merecen nuestros pacientes.

JR Rodríguez Fraile. Anestesista. @JRFraile