Dr. JR Rodríguez Fraile (anestesiólogo)

Mes: mayo 2026

De la huelga de médicos, la guerra y la elección de papa

La guerra es la continuación de la política por otros medios.
Carl von Clausewitz. De la guerra (Vom Kriege) 1832.

El ser humano tiene la negociación como uno de los pilares fundamentales de su desempeño biológico, hasta el punto de constituirse en la principal herramienta para su éxito adaptativo como especie: la cooperación flexible (Yuval Noah Harari).

Negociamos para bailar con nuestro primer amor, para que nuestros hijos no vuelvan demasiado tarde a casa, para veranear en la playa o la montaña, para reformar la cocina, encontrar trabajo o pagar impuestos. Es una actividad natural innata, desarrollada fenotípicamente a través del aprendizaje social y experiencial, como caminar, hablar o contar cuentos.

La negociación colectiva, en el mundo laboral, supone un paso más en complejidad relacional, y no puede quedar a merced de diletantes o aficionados movidos por su intuición y bonhomía.  La negociación pasa a ser una herramienta poderosa y de alto impacto para organizaciones y personas. Del grado de éxito de los negociadores dependerán los resultados laborales, el daño a personas o bienes, incluso la viabilidad de la propia organización. Una negociación es un proceso.

Toda huelga cuenta la historia de una negociación fracasada que se adentró en esos “otros medios” de gestión política y desata una guerra estructurada, de violencia contenida y control de daños. La historia de un combate en el que cada parte procura infligir el mayor daño al otro para doblegar su resistencia e imponer sus tesis. Inevitablemente habrá daños para ambas partes, y puede ocurrir que los daños sean de tal magnitud que, incluso sintiéndose ganadores, todos puedan exclamar como el rey de Epiro tras derrotar a los romanos en la batalla de Ásculo: con otra victoria como esta, estoy perdido.

Pero en una huelga de médicos los principales daños no los sufren los contendientes, los sufren los pacientes. Analistas, tertulianos y comentadores evalúan los daños de la disputa en términos materiales, logísticos y organizacionales: pérdidas económicas de los médicos, listas de espera y resultados de actividad de los equipos directivos, pero ambas partes están en la negociación, son responsables de la designación de negociadores, y de su adhesión voluntaria al conflicto. Los pacientes no.

Cada consulta suspendida, cada cirugía o técnica diagnóstica demorada supone un daño real, moral y físico, para los pacientes y su entorno: pérdida de días y jornadas laborales, permisos de familiares y acompañantes, desplazamientos inútiles, alargar la ansiedad por conocer un diagnóstico o ser intervenido de un proceso quirúrgico largo tiempo esperado. No lo olvidemos nunca, son personas y personas en un estado de vulnerabilidad, esperanzados en un sistema sanitario que creen eficaz y pensado para ellos. No, no basta con decir que se atienden urgencias, quimioterapias o diálisis (la ministra al parecer ni siquiera sabía eso), ¡faltaría más! Un paciente con hemorroides que no le dejan vivir y espera ser atendido, tiene el mismo derecho a la salud que los demás, y no tiene la culpa de no estar “demasiado” enfermo, de no tener nada “urgente”. Una madre que aguarda el resultado de la resonancia cerebral de su hijo tiene derecho a saber, a que no se dilate su angustiosa espera. No, no son urgencias, son personas que sufren, víctimas del proceso, daños colaterales, que nadie quiere conocer. Es mejor hablar de listas y tablas de actividad, decir que la culpa es del otro, o tratar de convencer a los pacientes de que es por su bien. No, no es por su bien, en el mejor de los casos será para el bien de otros pacientes que lleguen más tarde, y solo si la huelga sirviera para mejorar el sistema. Dudo que sea así. He perdido la fe en los negociadores y he visto demasiados daños por “fuego amigo”. No pongo en duda la moralidad y buena intención de los responsables del proceso, no los conozco, pero su ineficacia es manifiesta y la inacción sospechosa.

En el cónclave de Viterbo (1268-1271) la presión popular por la demora en la elección de papa resolvió encerrar a los cardenales bajo llave (“cum clave” en latín, de donde derivó el nombre actual de cónclave para este proceso negociador) y racionarles agua y comida, forzándoles a elegir con prontitud como nuevo papa a Gregorio X. Así deberían estar los negociadores de esta huelga, encerrados a pan y agua hasta alcanzar un acuerdo, o ser sustituidos por otros que puedan resolver con eficacia y prontitud las asperezas del conflicto. Lo que se negocia es de vital importancia para médicos, pacientes y organizaciones sanitarias, de eso no cabe duda, pero los daños a personas no combatientes, ajenas al conflicto, son demasiado grandes como para admitir demoras debidas a negociadores ideologizados, fanáticos, sin pragmatismo ni competencia profesional. De seguir así, en junio volveremos a vivir un nuevo asalto y los púgiles volverán a descargar su furia sobre inocentes espectadores. Sí, ya sé que la culpa será del otro, pero… necesito decirlo: hay que negociar, se puede hacer más y mejor.

Guardias y café para todos

La función crea el órgano (Jean-Baptiste Lamarck)

El café para todos nunca será la solución a los graves problemas que afrontamos los médicos y las organizaciones sanitarias. A menos que ese café consistiera en dar a los facultativos asistenciales la capacidad ejecutiva necesaria, en gestión de recursos materiales y humanos, para el diseño y desarrollo de sus competencias. La autonomía de las unidades funcionales, favoreciendo su eficiencia y operatividad, si pudiera ser la clave.

La solución es organizacional, no estatutaria. El problema no son las guardias de diecisiete o veinticuatro horas, o el trabajo a turnos. La cuestión es que los propios profesionales establezcan los límites y tengan las garantías necesarias para evitar situaciones de sobrecarga física o mental, o la necesidad de trabajar sin la posibilidad de apoyo experto que les permita periodos de descanso y tener ayuda en caso necesario. La cuestión es darles un poder acorde con su responsabilidad en todo momento: jornada ordinaria y atención continuada.

Hablo de desarrollar, por ley, la autogestión de las unidades funcionales. No, no es lo mismo la guardia de un anestesiólogo que la de un hematólogo, aunque el grado de responsabilidad y nivel de competencia sean equivalentes, la demanda física y psicológica en determinados momentos puede ser muy distinta. Incluso en anestesiología, no será lo mismo en un hospital comarcal, donde el anestesista trabaje solo frente al mundo, que en hospitales terciarios donde siempre se dispone de un equipo de personas que pueden organizar turnos, periodos de descanso, sustituciones o apoyo en momentos de sobrecarga. Son las unidades funcionales, con la colaboración de las unidades de calidad y gestión de riesgos, quienes deben establecer para cada equipo las condiciones laborales en turnicidad y atención continuada, en base a la demanda real y también en base al criterio de operatividad de los médicos que deben alcanzar compromisos asistenciales concretos, voluntarios y evaluables para todas las actividades que realicen. Soluciones diferentes, para problemas diferentes. La falta de planificación funcional ha sido una de las razones por las que, en determinados entornos, las guardias de veinticuatro horas se han convertido en un martirio para los profesionales. Un aumento real de la demanda, pero también una gestión inadecuada del concepto de urgencia médica ha llevado a trabajar como urgencia una gran cantidad de actividad asistencial que podría ser planificada y desarrollada en jornada ordinaria. Por otra parte, la falta de tiempo no asistencial, la sobrecarga en la actividad ordinaria y la enorme presión en cuestiones administrativas, vienen también a complicar y sobrecargar la actividad desarrollada en las horas de atención continuada.

Tal vez estas reflexiones no gusten en un entorno social que demanda cada vez más el igualitarismo frente a la profesionalidad y la competitividad, la ideología frente al pragmatismo y la eficiencia. La sanidad pública está en una situación crítica no por cuestiones ideológicas (tenemos en esto la mejor sanidad posible, incluso la más generosa y humanitaria) si no por la ineficiencia, politización, burocratización y obsolescencia de sus sistemas de organización, planificación, gestión y transparencia de resultados.

No, la solución a los problemas de los médicos y de los pacientes no está en el estatuto, está en la «cultura organizacional» del sistema sanitario público.

Tal vez escribo esto porque los peores momentos de mi carrera, en los que me he sentido agotado, sobrepasado, solo y desprotegido, han ocurrido siempre en jornada ordinaria. Tal vez porque cuarenta años haciendo guardias de presencia en diferentes hospitales y contextos asistenciales no me han enseñado nada. Tal vez.