La función crea el órgano (Jean-Baptiste Lamarck)
El café para todos nunca será la solución a los graves problemas que afrontamos los médicos y las organizaciones sanitarias. A menos que ese café consistiera en dar a los facultativos asistenciales la capacidad ejecutiva necesaria, en gestión de recursos materiales y humanos, para el diseño y desarrollo de sus competencias. La autonomía de las unidades funcionales, favoreciendo su eficiencia y operatividad, si pudiera ser la clave.
La solución es organizacional, no estatutaria. El problema no son las guardias de diecisiete o veinticuatro horas, o el trabajo a turnos. La cuestión es que los propios profesionales establezcan los límites y tengan las garantías necesarias para evitar situaciones de sobrecarga física o mental, o la necesidad de trabajar sin la posibilidad de apoyo experto que les permita periodos de descanso y tener ayuda en caso necesario. La cuestión es darles un poder acorde con su responsabilidad en todo momento: jornada ordinaria y atención continuada.
Hablo de desarrollar, por ley, la autogestión de las unidades funcionales. No, no es lo mismo la guardia de un anestesiólogo que la de un hematólogo, aunque el grado de responsabilidad y nivel de competencia sean equivalentes, la demanda física y psicológica en determinados momentos puede ser muy distinta. Incluso en anestesiología, no será lo mismo en un hospital comarcal, donde el anestesista trabaje solo frente al mundo, que en hospitales terciarios donde siempre se dispone de un equipo de personas que pueden organizar turnos, periodos de descanso, sustituciones o apoyo en momentos de sobrecarga. Son las unidades funcionales, con la colaboración de las unidades de calidad y gestión de riesgos, quienes deben establecer para cada equipo las condiciones laborales en turnicidad y atención continuada, en base a la demanda real y también en base al criterio de operatividad de los médicos que deben alcanzar compromisos asistenciales concretos, voluntarios y evaluables para todas las actividades que realicen. Soluciones diferentes, para problemas diferentes. La falta de planificación funcional ha sido una de las razones por las que, en determinados entornos, las guardias de veinticuatro horas se han convertido en un martirio para los profesionales. Un aumento real de la demanda, pero también una gestión inadecuada del concepto de urgencia médica ha llevado a trabajar como urgencia una gran cantidad de actividad asistencial que podría ser planificada y desarrollada en jornada ordinaria. Por otra parte, la falta de tiempo no asistencial, la sobrecarga en la actividad ordinaria y la enorme presión en cuestiones administrativas, vienen también a complicar y sobrecargar la actividad desarrollada en las horas de atención continuada.
Tal vez estas reflexiones no gusten en un entorno social que demanda cada vez más el igualitarismo frente a la profesionalidad y la competitividad, la ideología frente al pragmatismo y la eficiencia. La sanidad pública está en una situación crítica no por cuestiones ideológicas (tenemos en esto la mejor sanidad posible, incluso la más generosa y humanitaria) si no por la ineficiencia, politización, burocratización y obsolescencia de sus sistemas de organización, planificación, gestión y transparencia de resultados.
No, la solución a los problemas de los médicos y de los pacientes no está en el estatuto, está en la «cultura organizacional» del sistema sanitario público.
Tal vez escribo esto porque los peores momentos de mi carrera, en los que me he sentido agotado, sobrepasado, solo y desprotegido, han ocurrido siempre en jornada ordinaria. Tal vez porque cuarenta años haciendo guardias de presencia en diferentes hospitales y contextos asistenciales no me han enseñado nada. Tal vez.

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